Incluso desde la perspectiva patológicamente envidiosa de los socialistas, los procesos venezolano, cubano, norcoreano y eritreo (entre otros) resultan cuestionables porque se fundan en la explotación de la clase civil en favor de la clase político-militar y porque esta explotación produce una desigualdad manifiesta entre ambas. Lo que los socialistas denuncian que ocurriría en una hipotética (jamás probada) sociedad capitalista o que ocurre en los países con diversos grados de intervención alrededor del mundo llega a pasar de verdad solo en el eje de las clases civil y cívico-militar y con una proporción que depende directamente del grado de intervención estatal en las interacciones voluntarias por medio de regulaciones e impuestos. Solo los socialismos reales hacen que las transferencias de riqueza tiendan a cero con tanta cercanía.

Los socialistas creen que, en efecto, la economía está dominada por el Principio de Reinhardt y que, por ende, lo que gana uno equivale a lo que ha perdido otro. Ellos admiten, no obstante, que sí es posible crear riqueza, pero que esta es creada por medio del trabajo: la actividad que tiene como efecto un producto concreto y duradero. Esta tesis ha sido suficiente y abundantemente refutada, no obstante. Por alguna razón, los socialistas siguen comportándose como si ella fuese verdadera, esto es, como si solamente el trabajo produjere riqueza y como si las transferencias de riqueza fueran un «juego de suma cero». La evidencia muestra que, en realidad, estos dos fenómenos se encuentran interrelacionados y que la riqueza se crea a través de la transacción.

La transacción que crea riqueza, sin embargo, no es la forzada (con regulaciones e impuestos), sino la voluntaria (acordada libremente entre las partes). Como los socialistas ignoran este hecho y creen, en cambio, que la riqueza es creada por el trabajo, proponen y aplican medidas que evitan la creación efectiva de nueva riqueza a la vez que concentran la ya existente en la clase político-militar. Las limitaciones impuestas por los gobiernos socialistas sobre el libre intercambio de bienes y servicios evitan, por cierto, que haya nueva riqueza a causa de que las transacciones dejan de ser voluntarias y se vuelven forzadas: cada familia tiene asignada una cantidad específica de bienes y no puede comprar más o menos porque el gobierno está tomando las decisiones al respecto. Esta intervención, por supuesto, impide que se cree riqueza nueva.

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Por otra parte, la concentración de poder de la clase político-militar en los regímenes socialistas tiene como efecto una concentración de la riqueza en esta misma clase. Los socialistas viven denunciando a los ricos como los detentadores del poder político en las democracias y las monarquías, pero lo cierto es que esta equivalencia entre poder político y poder económico solamente se observa con consistencia en los regímenes socialistas: no en los democráticos ni en los monárquicos. Esto ocurre porque los gobiernos socialistas intervienen las transacciones de forma masiva hasta llegar a un punto intolerable: tienen el propósito de entregarle a cada uno lo necesario para la vida —pero nada más que esto: como se hace con los animales de los zoológicos. Como estas condiciones resultan insufribles para cualquier persona, pero la facultad de distribuir los recursos disponibles ha sido acaparada por el Estado, solamente los cabecillas de este consiguen más que lo estrictamente necesario: la clase político-militar tiene asegurado el sustento y algo más, a diferencia de la clase civil, que ni siquiera tiene asegurado el sustento básico que le garantiza la Constitución.

Como creen que la riqueza es producida por el trabajo entendido como actividad productiva, los socialistas sostienen que resulta necesario asegurar que cada trabajador reciba el valor íntegro del producto de su actividad. Para conseguirlo, justifican la intervención del gobierno en las transacciones tanto entre trabajador y empleador cuanto entre comprador y vendedor, etcétera. Por alguna razón, no se han dado cuenta de que esta intervención en efecto detiene la creación de riqueza. A pesar de la evidencia, siguen sosteniendo que la riqueza es creada por el trabajo y no por la transacción voluntaria. Así que, tratando de conseguir lo que consideran una redistribución justa de la riqueza, terminan destruyéndola. Resulta hasta sospechoso que los socialistas sostengan la necesidad de implementar a la fuerza un sistema que ellos creen que opera de forma espontánea. Porque, si la economía funcionara como ellos afirman, definitivamente no sería necesario «hacerla funcionar» de esta manera.

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El dogma socialista, remando en verdad «a contra-corriente» (como les gusta decir), termina en una situación que considero «trágica», por cuanto resulta inevitable. Primero intentan aplicar por la fuerza un sistema que, según ellos, debería estar ocurriendo de manera espontánea y, luego, hacen surgir los males de los que acusan al sistema económico menos regulado: división de clases, concentración de la riqueza, transacciones en un esquema de suma cero… Digno del meme «acompáñenme a ver esta triste historia».

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