No queremos nosotros aceptar plazos ni parlamentos, que significa diálogo, significa debilidad. Todo ese montón de jetones que hay ahí, el señor Tohá, el otro señor Almeyda, todos estos mugrientos que estaban echando a perder el país, debes pescarlos presos y el avión que tienes dispuesto tú, arriba, y sin ropa, con lo que tienen, pa’ fuera.

Augusto Pinochet Ugarte

Fiesta, qué fantástica, fantástica esta fiesta

La derecha loca está de fiesta y no es para menos. Los motivos para brindar y hacer cumbayá abundan como el maná en el desierto. Piñera lidera las encuestas, los Kast dejaron de hacer lomitos para colonizar el Estado, los libros de sus autoproclamados intelectuales se venden como pan caliente y aumentó el rating de la 92.1 FM. En el cénit de la primavera, la derecha parece estar viviendo un remake de la alborada. El populismo retrocede a pasos agigantados y estamos más cerca del «otro modelo», que de la «patria grande». Sin embargo, todo este optimismo metodológico pareciera ser un mero espejismo. Al parecer, la «tiranía de la igualdad» parece estar agonizando en el lecho de Procusto, pero la ignorancia pasó de ser fatal a crónica.

Prejuicios apercancados

Han pasado 27 años desde el retorno a la democracia y la discursividad de la derecha ha tornado en variopintos ribetes. Aun así, en el fondo, sigue siendo una reproducción de los prejuicios apercancados de antaño. La única diferencia radica en que sus empresarios, devenidos mecenas, dilapidan su hacienda invirtiendo en la reproducción del mensaje. Se dedican a la formación de pájaros dodo y viejos chicos. Todos ellos destinados a llevar la antorcha —despolitizada y alienada— que cargaron sus abuelos hace una cuarentona de años. Lo vemos en las usinas de su pensamiento y los resultados se manifiestan con claridad en universidades, empresas y gremios.

Es el miedo y no los ideales lo que moviliza a la derecha. De ahí que veamos a sus intelectuales exigir coraje y arrojo. Eso aunque nunca le han exigido preparación o coherencia a sus bases. En todo caso, es comprensible. Ya no hay tiempo para prepararse, queda una semana para hacerse de La Moneda y los esfuerzos deben concentrarse en capacitar a los mangurrianes ansiosos de «tiempos mejores». De barrabravas a servidores públicos.

Comamos y bebamos, que mañana moriremos

Frente a esta situación, algunos celebraron un aparente éxito en la «batalla de las ideas». Engulleron y se embriagaron como carretoneros en el Cerro San Cristóbal. Mientras, otros vemos el presente con preocupación. Nos parece autocomplaciente la felicidad por los resultados del plan quinquenal de la derecha. No de cualquiera, sino de esa repleta de gremialistas con zapatillas y mercachifles de una relativa intelectualidad. El hecho de que los almaceneros no vendan libros y los chistes del Checho Hirane provoquen risas, es indicativo de que el horizonte se ennegrece. Al fin y al cabo, no se necesita filosofar demasiado para tener la libertad de comprar un televisor a 48 cuotas o intoxicarse en el agua con caca del Starbucks.

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