οὐδέ τί που ἴδμεν ξυνήϊα κείμενα πολλά

No sabemos que existan en lugar alguno cosas de la comunidad

Il. 1.124

 

En la trama de la Ilíada, la primera ofensa la han cometido los aqueos al sustraer a Criseida y un botín desde la ciudad de Tebas (Dardania). Más atrás en la historia, la misma Guerra de Troya comenzó a causa de que Paris raptó a Helena junto con cuantiosos bienes desde el palacio de Menelao en Esparta. Heródoto parece tratar de exculpar parcialmente a Paris, puesto que comienza diciendo que su rapto formó parte de una serie de raptos de mujeres bárbaras y helenas. Cada rapto implica un robo, que tiene su correlato de bienes muebles explícitamente mencionado en los casos de Criseida y Helena.

Sabiendo que había sido despojado injustamente de su hija, Crises decide ir a reclamarla. Como los aqueos son muchos y están fuertemente armados, Crises hace algo inusual: ofrece un cuantioso rescate a cambio de que su hija sea liberada. Tal como suelen exigir los secuestradores de hoy en día, Crises se adelanta y lleva él mismo una cantidad importante de bienes que compensen lo que los aqueos perderán al devolver a Criseida. Se trata de una lógica delictual, pero Crises está dispuesto a admitirla, puesto que es un hombre práctico y realista a la vez que un padre amoroso y un sacerdote piadoso. Como Agamemnón rechaza el rescate a pesar de que Crises lo ha ofrecido sobre la base de una injusticia cometida por los aqueos, la ofensa se multiplica en el corazón del sacerdote y el valor de su venganza se incrementa en varias vidas humanas: que los aqueos paguen las lágrimas de él con las flechas de Apolo, como ruega, significa no que resulten meramente heridos, sino que varios caigan muertos. Este es el peso del robo que le hicieron.

La asamblea de los héroes aqueos y Agamemnón concuerdan en cuanto a que las vidas de ellos valen más que la posesión de Criseida como una esclava y acceden no tan solo a devolverla, sino que a ofrecer ellos una compensación llevando un sacrificio sobre el altar de Apolo en Crisa. Esta pérdida que sufren se debe, pues, al saqueo que ellos mismos practicaron en primer lugar. Dolido por la pérdida, insatisfecho por las condiciones del rescate y envidioso de los demás héroes que no debieron renunciar a una parte de su botín, Agamemnón exige que sus compañeros de armas reembolsen su menoscabo tanto material cuanto honorífico.

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No es la obligación de ninguno, sin embargo, reembolsar a Agamemnón, así como tampoco él estaba obligado a devolver a Criseida en contra de su voluntad. En este punto, Agamemnón muestra su debilidad moral completamente: no solo fue capaz de transgredir el principio de no agresión cuando saqueó la ciudad de Tebas (Dardania) junto con los aqueos, sino que ahora también pretende transgredir el principio de reciprocidad al sostener que él puede negarse a entregar su propiedad cuando se la piden, pero los otros aqueos deben entregarle la suya si él lo exige. Esta actitud indigna de un príncipe es confrontada por Aquiles, el héroe más grande de los aqueos (y de Occidente), quien le hace ver a Agamemnón lo injusto que sería repartir otra vez el botín en vista de que los bienes le pertenecen a cada uno y no al colectivo.

¿Vale más el honor ofendido de Agamemnón, quien está acostumbrado a recibir la mayor parte de los botines, o la propiedad privada de cada uno? El juicio del poema homérico es inconfundible. Este no se expresa solo en Il. 1.124, sino que está en el espíritu de toda la Ilíada y de toda la Odisea y se refleja, además, en Los trabajos y días de Hesíodo.

El hecho de que Aquiles caiga en la μῆνις —cólera tanto por su honor ofendido cuanto por haber sido despojado de Briseida, esclava que obtuvo del saqueo de Lirneso (Dardania), manifiesta el conflicto que enfrenta la sociedad griega arcaica en su tránsito desde el pillaje hacia el intercambio. Teniendo los recursos suficientes para comerciar, los aqueos han llegado a valorar la propiedad privada como un bien de la gama más elevada, que no puede ser violado ni siquiera en virtud de la ley o las costumbres, representadas aquí en la asamblea. En efecto, Agamemnón enviará después una asamblea con los héroes más excelentes y más cercanos a Aquiles para ofrecerle admirables regalos en compensación por Briseida: al hacerlo, Agamemnón y los demás héroes, quienes presenciaron en silencio el enajenamiento legal perpetrado por este en perjuicio de Aquiles, reconocen que no fue lícito haberle quitado a Briseida, puesto que era de su propiedad.

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De la misma manera, la asamblea de Ítaca reconoce ante Telémaco que los pretendientes no deberían consumir los bienes de su casa, aun cuando se fundan en la costumbre del cortejo para hacerlo. Penélope denuncia (Od. 18.274-280) que deberían ser los propios pretendientes quienes llevasen los alimentos que van a consumir mientras la cortejan en lugar de que ellos consuman los bienes disponibles en la casa de la mujer cortejada. Aun cuando, como en la Ilíada, la asamblea de Ítaca se estanca en la inacción mientras Telémaco es despojado diariamente de sus bienes, ella reconoce que el comportamiento de los pretendientes es incorrecto porque abusa de y roba la propiedad de un hombre.

Los trabajos y días de Hesíodo confirman el carácter inviolable de la propiedad privada en la concepción griega arcaica por medio de la denuncia que el narrador hace contra su hermano Perses por haber sobornado a los jueces a cambio de obtener una mayor porción de la herencia de su padre. Se trata, como en la Ilíada y la Odisea, de una injusticia perpetrada por medio de la ley y la costumbre, pero reconocida inconfundiblemente como tal por los poetas: la expropiación involuntaria y violenta de la propiedad personal.

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