Son las propias leyes y costumbres utilizadas para despojar a Aquiles las que fundamentan el ofrecimiento de una compensación por Agamemnón. Para Aquiles, por lo tanto, este ofrecimiento carece de valor, puesto que está fundado en las mismas bases sobre las cuales se levantaron las razones para quitarle a Briseida. El ofrecimiento de Agamemnón, aunque muestra un arrepentimiento honesto, también manifiesta la incomprensión del transgresor en cuanto al tipo de ofensa que llevó a cabo. A Aquiles no solamente le molesta haber perdido parte de su propiedad, la cual sería reemplazada con creces por los regalos que le llevaron, sino que considera inaceptable que su propiedad haya sido tomada en contra de su voluntad y que su honor como guerrero haya sido desconocido al momento de tomarla. Si es posible utilizar la ley y las costumbres para enajenar la propiedad privada, Aquiles ya no quiere saber nada de esta ley y estas costumbres, puesto que fueron utilizadas para tocar algo más sagrado que cualquier consenso colectivo: el aparejo personal de un hombre. Por estas razones rechaza la oferta de Agamemnón, aun cuando esta contenía a la propia Briseida: Agamemnón incluso juró solemnemente que no tuvo sexo con ella.

Los griegos arcaicos parecen haber tenido una razón utilitarista para llegar a creer que el pillaje está mal, puesto que este desincentiva y perjudica el comercio. No obstante, los poemas homéricos y hesiódico muestran que esta visión utilitarista fue tomada rápidamente como un principio universal de la moral civilizada: que la propiedad privada debe ser respetada incluso por encima de lo que prescriban la ley y las costumbres. Y esta sentencia está bellamente resumida en el verso 124to del canto 1ro de la Ilíada, en el que Aquiles declara «no sabemos que existan en lugar alguno cosas de la comunidad». Tal lugar, si acaso existe, ha de estar fuera del mundo o poblado no de bárbaros, sino que de bestias incivilizadas que no reconocen la autoridad de los dioses: así como el cíclope Polifemo cuando declara que «¡Oh forastero! Eres un simple o vienes de lejanas tierras cuando me exhortas a temer a los dioses y a guardarme de su cólera: que los ciclopes no se cuidan de Zeus, que lleva la égida, ni de los bienaventurados númenes, porque aun les ganan en ser poderosos» (Od. 9.273-276). No se trata meramente de un estilo de vida civilizado o no, sino de un rasgo tan básico como la condición humana: si lo tienes, respetarás la propiedad privada.

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Aquiles termina por aceptar el ofrecimiento de Agamemnón y recibe de vuelta a Briseida junto con otros regalos, pero lo hace porque una calamidad enorme lo ha herido: su amigo y parigual Patroclo ha sido derribado por Héctor en la planicie de Troya y este ha tomado como botín la armadura de Aquiles, que Patroclo llevaba puesta. Ahora Aquiles está ansioso por salir al campo de batalla y atravesar con su lanza a Héctor para vengar la muerte de Patroclo: la amargura de la muerte ha causado que olvide la afrenta de Agamemnón y anhele lavar la tierra con crúor.

Tanto los poemas homéricos cuanto el hesiódico denuncian los atropellos contra la propiedad privada y defienden los nuevos valores de intercambio libre: así se observa en los pacíficos y amistosos intercambios de regalos que son narrados en la Ilíada y la Odisea. También se observa esta actitud en la condena de los jueces «devoradores de regalos» en los Trabajos y Días. Encontré, de hecho, un análisis admirable sobre la concepción de la propiedad privada tanto en Homero cuanto en Hesíodo en la tesis magistral de Nelson Brunsting (2010), «The Primacy of Ownership and the Problem of Plunder in Archaic Greece».

El principio de no agresión, el principio de reciprocidad y el respeto de la propiedad privada están en los fundamentos de una sociedad humana de acuerdo con los poemas homéricos. El padre de Occidente, como lo llamó Karl Reinhardt, no puede estar equivocado en este aspecto: estos son los fundamentos de nuestra civilización, que es la más elevada y la más desarrollada sobre la faz de la tierra. Y lo es, ciertamente, gracias a que reconoce y respeta esos principios. Y las sociedades que han imitado estos principios se han elevado también a su altura y compiten con ella ahora en cuanto al desarrollo y la innovación de sus gentes.

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