Al hablar de anarquismo es difícil establecer algún programa político determinado. Es muchísimo más fácil negar al Estado o rememorar uno que otro nombre. A pesar de lo anterior, sí han existido propuestas anarquistas de organización. Uno de esos casos es el del municipalismo libertario. Si tuviese que buscar el porqué de esta realidad, diría que se debe al vago lenguaje anarquista y su baja difusión. A su vez, cabe añadir que de las grandes ideologías del siglo XIX (liberalismo, socialismo y anarquismo), históricamente ha sido presentada como la más utópica e improbable de todas.

Procedencia del anarquismo

Respecto del origen del anarquismo encontramos dos respuestas frecuentes. La primera la hallamos en Proudhon, que señala en sus Escritos federativos que no es más que una variante del liberalismo. Por otra parte, Benjamin R. Tucker señala que es un tipo de socialismo, el cual se toma de medios distintos que el «socialismo de estado» para alcanzar su meta. Sin embargo, estas respuestas han sido trazadas en virtud de los objetivos de los otros sistemas, es decir, la búsqueda de una sociedad libre.

La posición a mi entender más correcta es que el anarquismo es un sistema propio. No tiene necesidad de tomarse del liberalismo o del socialismo para rastrear su procedencia. Los medios que utiliza se difieren del socialismo al ser contrarios a la coacción estatal, tanto la existente en los tiempos de la comuna de París como la de hoy. Del liberalismo se diferencia tanto en su regulación económica como del sistema que ha derivado de él. Sin dudas puedo decir que, de las tres, resulta ser la alternativa más revolucionaria.

Estado y gobierno

Los escritos anarquistas recurren demasiado al término Estado. Esto porque hoy casi toda coacción es legal si proviene de este. En pocas palabras, el exceso de atribuciones estatales ha identificado al Estado como el principal enemigo de la humanidad y del anarquismo. A pesar de lo anterior, el enemigo propiamente tal no es el Estado, sino que es el poder exacerbado que en se da en él.

Aprovechando que he mencionado a Tucker, me remitiré a su exposición en el Instituto Unitario de Ministros del año 1849. En esa ocasión dijo: «nosotros designamos la palabra “Estado” tanto a las instituciones que encarnan el absolutismo en su forma más extrema como a aquellas que lo atemperan con cierto grado, mayor o menor, del liberalismo». Dentro del mismo discurso se identifica la creencia en un gobierno, el cual se diferencia del Estado en que el individuo voluntariamente se somete a una voluntad externa. A su vez, señala que el mejor gobierno es el que menos gobierna. Es decir una sociedad anarquista que se encuentra regida por normas básicas de convivencia emergidas de un acuerdo.

La necesidad de la participación

No se puede desconocer que como personas gozamos de una vida íntima y privada. Tampoco podemos ignorar que participamos en comunidades y que nuestros actos afectan a otros. Si queremos poner en práctica una sociedad anarquista debemos tener en consideración eso. Se hace necesario que participemos constantemente dentro de nuestras comunidades con voz y voto. Cabe mencionar que solo podemos hablar de democracia si el gobierno nos reconoce como ciudadanos libres y responsables. Si no es así, entonces no podemos hablar de gobierno. Sin aquello no se puede generar un modelo anarquista de sociedad.

Tengo que aceptar que esta columna resulta muy genérica, pero mi intención fue dar un punto de partida para desarrollar estas ideas. El anarquismo no es algo utópico. Es muchísimo más familiar de lo que creemos. Sobre todo en estos tiempos revueltos, resulta necesario buscar nuevos modelos de convivencia social. El anarquismo es un buen comienzo para eso, aunque ha pasado desapercibido por algún motivo. Dependerá de nosotros que, ahora que está volviendo a ser nombrado, nadie más lo pase por alto.

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