El valor del prejuicio

Creo que todos concordarán conmigo. Leer es más útil cuando lo usamos para criticar. Ese ejercicio pedestre, pasar la mirada por las letras, es más complejo de lo que parece. Cuando criticamos, no solo lo hacemos sobre lo que leemos. También, aunque nos cueste, sobre lo que pensamos. Si logramos extremar esa segunda parte, saldremos enriquecidos. Esto porque el cuestionamiento propio es lo que nos hace cambiar y crecer. La imagen que tenía sobre Samuel Konkin III, sobre el Agorismo y la contraeconomía estaba absolutamente prejuiciada. Para mí, tanto el personaje como sus creaciones, eran lo más frenético, audaz y radical que se podía encontrar. También había sentimientos encontrados, pues Konkin era escritor de ciencia ficción. No podía entender que un estrafalario nerd fuera, a su vez, el único líder revolucionario del mundo libertario.

Claro que había leído a Konkin, pero poco. Algunos pequeños artículos, una que otra reseña y el New Libertarian Manifesto, era todo lo que conocía. La leyenda de Konkin se construía, para mí, en los cimientos de un crimen. Como joven lector de autores libertarios, Rothbard se había convertido en uno de mis favoritos. Detestaba su obsesión por la economía, pero sus pasajes políticos podían llegar a ser memorables. No era un gran pensador político, pero su trabajo merecía la pena ser reflexionado. En cada página de internet, buscando lo que había, siempre aparecía ese rebelde escritor de novelas de sci-fi. Él había asesinado simbólicamente a Rothbard y había escapado hacia lo que se llamó «la izquierda». Más rothbardianos que Rothbard, los agoristas eran todo un misterio para mí. La lectura del Manual Agorista cambiaría todo eso.

Una mirada general

El crimen simbólico del que acusamos a Konkin requiere precaución. Como un buen cazador, el investigador que analiza este parricidio debe rodear a su sospechoso. Moverse en círculos permite una mirada general, una observación tridimensional. Lo mismo haremos con el libro. Sus tapas rojas aluden a la sangre de la víctima. Lo primero que se ve: el prólogo. Víctor Logos realiza un trabajo excelente. Nada de lo que pueda decir acá complementará lo que Víctor resume con maestría de erudito. En ella nos describe las raíces del pensamiento de Konkin. La influencia que Rand y Rothbard ejercían sobre el movimiento libertario moderno —tributario, pero diferente del de Benjamin Tucker—, sus clases con Ludwig von Mises y el doctorado que jamás finalizó. Describe los conflictos con la Guerra de Vietnam y los problemas raciales en Estados Unidos. De ese rechazo tajante, incluso en Rothbard, nacería una fructífera alianza con la New Left.

Tanto Samuel Konkin III como el agorismo, están pensados como un movimiento popular. Esto se debía a su reacción frente al elitismo que reflejaban Rothbard y Rand. El primero, siempre en las universidades y conferencias. La segunda, en sus reuniones y tertulias llenas de humo de cigarrillo. Por lo mismo, Konkin tenía una inclinación hacia los escritos menudos. El New Libertarian Manifesto fue muestra de aquello y con este Manual agorista, las cosas se mantienen en su sitio.

Recuerden siempre que el agorismo integra teoría y práctica. La teoría sin práctica supone tan solo un juego; si la tomamos con seriedad, nos lleva a abandonar la realidad, al misticismo y la locura. La práctica sin teoría resulta algo robótico; si se toma seriamente, nos conduce a arar campos yermos, a ir a trabajar a fábricas cerradas.

Este manual, entonces, se dedica a realizar esta integración. Eso al menos se propone el autor. Cuatro conceptos y sus consecuentes aplicaciones es el origen de la estructura del libro: Economía, Contraeconomía, Libertarismo y Agorismo. Con cada uno de ellos, Konkin nos explica cuál es la mejor forma de actuar a favor de la revolución neolibertaria.

Cientificismo y naturalismo

El prejuicio positivo que alojaba sobre Samuel Konkin me llevaba a verlo como un radical. Como les dije, yo esperaba ver al asesino de Rothbard. Lamentablemente, quizás por ingenuo (soy sumamente transparente sobre mis intuiciones) jamás pensé que el radicalismo de Konkin era el de un mero populismo. No quiero usar aquí el término de forma peyorativa, sino que con él quiero decir que para Konkin el desarrollo del libertarismo no ocurría en las salas de clases. La revolución libertaria ocurriría con un movimiento de masas y popular, uno que tomaba la bandera de lucha de los menos privilegiados.

Mi sorpresa fue grande al notar algo que ni siquiera había visto en el manifiesto. El presupuesto principal para el agorismo es el cientificismo y el naturalismo. Konkin no había fracturado los presupuestos de sus antecesores. De hecho, todo el texto resulta ser una afirmación de los mismos. Primero, como Rand y Rothbard, Samuel Konkin refiere a que el agorismo es una forma científica de pensar. Aquí tendríamos que hacer una larga disquisición sobre el concepto de ciencia en Konkin. Esa sería la única forma de entender a qué se refiere con eso. Con todo, baste esta cita para alumbrarnos el camino: «La realidad es nuestra norma; la naturaleza, nuestra legisladora».

De la economía a la política

Si el lector espera una aventura plena de rupturismo, es probable que se decepcione. Es más, este libro de iniciación puede ser un paso en un convencimiento aún mayor por los principios ya planteados en Rothbard y, como negarlo, por Ayn Rand. Tal y como mencionamos, lo que parece diferenciar a Konkin es solo un llamado a la acción. Los principios teóricos siguen intactos. De ahí que el inicio del libro y toda la parte relacionada con la economía sea algo así como un resumen de los postulados teóricos de la escuela austríaca. Uno muy bueno, en todo caso. En unos cuantos principios, Konkin logra sintetizar toda la lógica austríaca para entender el funcionamiento de la economía. El objetivo del autor, muy claro, es conformar un conocimiento enfocado en la acción:

Lo que deseamos conseguir con este capítulo es simplemente ofrecer una comprensión básica de la verdadera economía. No, esto no lo hacemos para sólo para explicar mejor el resto del libro; aun con una comprensión básica de economía, es menos probable que sea usted víctima de timos, especialmente si hablamos de los de mayores dimensiones, es decir, los relacionados con la política.

La economía es, para Konkin, una manifestación de la naturaleza humana. Los seres humanos actuamos económicamente (algo que proviene de la definición miseana de economía) y la contrapone al gobierno y su legislación. En esto, creo, Samuel Konkin es más claro que muchos teóricos que defienden el naturalismo. Por lo mismo, el inicio de la acción «política» del movimiento agorista se ancla en esta mirada del actuar humano. Decimos política entre comillas, porque Konkin es tan tajante en separar gobierno y naturaleza, que su propuesta es fundamentalmente antipolítica. Al menos en ella entendida como la conformación de un gobierno burocrático con partidos y políticos profesionales. De este modo, él nos dice: «Sobrevivir —y aún más, prosperar— exige que usted rompa la maraña de la legislación y se guíe más bien por la ley natural». Un llamado a la desobediencia civil que nos parece interesante de entender y asumir.

Contraeconomía y libertarismo

La segunda parte del libro (capítulo cinco en adelante), es la más interesante. Creo que es bueno insistir en que Samuel Konkin no es muy dado a profundizar. Como dije, durante la primera parte realiza una tremenda síntesis de la economía austríaca. Pues bien, durante esta segunda parte hay menos sistematicidad, pero los temas tocados son más complejos (por su novedad) e interesantes. Es muy probable que Konkin jamás haya logrado pensar mucho más allá estos principios. Su interés por el activismo parece que se lo impidió, sin contar también la muerte prematura que nos lo arrebató precisamente cuando trabajaba su obra Contraeconomía.

El llamado a la rebeldía que hace Konkin se manifiesta en la práctica contraeconómica. Saltarse las reglas e intercambiar libremente, pero siempre con un ojo puesto en los reguladores. A fin de cuentas, tal como puede verse en el New Libertarian Manifesto, la contraeconomía es la utilización del mercado negro. Este ejercicio lo realizamos diariamente, solo que en magnitudes muy diferentes. En gran cantidad de transacciones, nosotros simplemente no pagamos impuestos o intercambiamos sin mediar nada más que el acuerdo voluntario. Muchas de esas acciones están en una zona gris o, directamente, en la zona negra. Esa que es perseguida por las policías y castigada muchas veces con la cárcel. Esta práctica es la que nace de forma espontánea —parte de la naturaleza humana— y que se contrapone a esa economía que él entiende como la maraña legislativa.

El libertarismo, por otro lado, es una teoría. Es la teoría de la sociedad libre. Konkin piensa que la práctica contraeconómica no había conseguido la emancipación porque no contaba con un fundamento moral. Al ser solo práctica, se perdía en la cotidianeidad. El libertarismo es, entonces, el fundamento moral de ese actuar. Esa moralidad se fundamenta en principios muy simples y claros. El primero es el pluralismo. En él no importan religiones ni creencias. Ese pluralismo se sustenta en la condena de la violencia: «el inicio de la coerción, o la amenaza de violencia, es inmoral. Éste es el principio libertario». Frente a esto no existen excepciones, dice Konkin, pues el libertarismo implica toda acción humana. Una frase que nos recuerda al «nada de lo humano me es ajeno» de Terencio. Es por eso mismo que Konkin cree que en una sociedad libertaria, todo resultará del interés voluntario de los miembros de la sociedad.

El nacimiento del Agorismo

Ya en la introducción el autor nos da la clave sobre el agorismo: «… es la integración coherente de la teoría libertaria con la práctica contraeconómica…». Este es el inicio de la definición que a Konkin más agradaba del agorismo. De este modo, la teoría libertaria se encuentra con una forma de actuar común y extendida, pero inconsciente, para darle forma a un tipo de acción fundamentada en la metáfora del ágora griega. Konkin realiza, de este modo, una extrapolación de la autonomía disciplinaria de la economía a lo político. Para él el ideal es el ágora, lo que no es otra cosa que un mercado de libre concurrencia. De este modo, él niega la política, pero la refrenda al mismo tiempo.

La extrapolación que convierte a la economía en política (aunque él cree no estar haciendo eso) , se vuelve notoria en sus axiomas del agorismo:

  1. «la aproximación más fiel a una sociedad libre es un ágora (mercado abierto) plena».
  2. «ante pequeñas perturbaciones que pretendan corromperla el ágora se corrige a sí misma».
  3. «el sistema moral de cualquier ágora es compatible con el libertarismo puro».
  4. «lo que afecta a una parte del ágora, afecta a todo el ágora; si un ágora se echa a perder aumenta, en una proporción considerable, los costes de protección y los riesgos».
  5. «la teoría del agorismo entiende, por sí misma, un sistema abierto».

La generalidad de los axiomas agoristas es interesante, pero confunde el escenario. De un momento a otro, si revisamos bien esos axiomas. Podríamos entender que el mundo actual, pleno de estatismo, calificaría precisamente dentro de los axiomas del agorismo. Nosotros sabemos que no vivimos en una sociedad agorista. Aunque a veces usamos la contraeconomía, no podemos decir que ésta es la regla general de nuestra supervivencia. He aquí el problema: Samuel Konkin nos dice que el agorismo resulta del encuentro entre libertarismo y contraeconomía, pero en el agorismo es completamente posible un mundo que no se guíe ni por esa teoría ni por esa práctica. El mismo pluralismo que defiende —y con el que concuerdo— queda un poco sepultado frente a la convicción utópica de que, bajo las reglas correctas, todos haremos lo mismo. Así se niega lo obvio, bajo esas normas es posible que una comunidad decida vivir en el socialismo.

Nada de esto quiere decir que el agorismo es una farsa. Por el contrario, es una propuesta de gran relevancia, que plantea desafíos geniales. El problema, en todo caso, es que no ha sido desarrollada ni llevada más adelante. Completar la tarea de Konkin, criticarla, reanalizarla y reinterpretarla a la luz de otros textos, podría dar como resultado una depuración de esos axiomas y una mejora en términos de definición de la praxis libertaria. Los vacíos de Konkin pueden ser más una fortaleza que una debilidad y eso precisamente por el pluralismo que él mismo defendía.

A modo de conclusión

Muchos elementos se nos quedan fuera de esta reseña. Muy descriptiva, ha pretendido resumir los puntos más interesantes del manual. El análisis del actuar contraeconómico, aquí aún superficial, nos entrega opciones variadas de entender la sociedad actual. Como en toda discusión libertaria, el problema de la transición es algo poco desarrollado. Pues bien, aquí Konkin entrega algunas claves. Lo hace cada vez que menciona que todos actuamos contraeconómicamente, aunque no siempre. Desde aquí podemos dialogar con las ideas del posanarquismo de Hakim Bey. Entender que convivimos con una gran cantidad de instituciones surgidas espontáneamente, nos da una opción para olvidar esa idea de hacer que todo el mundo se gobierne por un solo modo de pensar. Una existencia múltiple, variada y de dimensiones interminables, es el ideal libertario. Algo que también se relaciona muy bien con la panarquía de Puydt. Apelar a gobiernos que, sin cambiar su matriz tradicional, permitan el respeto de estos otros mecanismos, es quizás un camino realista y correcto para la pluralidad de la que el mismo Konkin habla.

No quiero que las críticas aquí planteadas lleven a las personas a no leer este libro. Hay que ser claros: Samuel Konkin III se había propuesto escribir este texto como un manual. Él buscaba un acercamiento a quienes no están en el debate ideológico. En este sentido, el Manual agorista plantea tantas interrogantes que, sin duda, alentarán al profano a seguir investigando. Como texto de iniciación cumple un rol fundamental y lo cumple bien. De todos modos, la falta de concreción puede ahogarlo a uno en un mar de preguntas. Recomiendo su lectura, precisamente porque desmitifica la leyenda del «asesinato» de Rothbard. Toda la evidencia intelectual parece indicar que Samuel Konkin III rechazó el academicismo y la vía político-electoral de Rothbard. Lo que jamás hizo fue cuestionar los fundamentos intelectuales que le había entregado. Quizás ahí radica el hecho de que Konkin dijera que los agoristas son «más rothbardianos que Rothbard».

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