Todo Chile gritó gol. Eduardo Vargas había logrado anotar en los descuentos del primer tiempo. Pizzi se abrazaba con su gente en el banco. Siempre se ve tan aliviado después de un gol y tan asustado antes de él. Luego, la imagen de Vargas con cara de incertidumbre. El árbitro, con un rostro serio, se lleva la mano a la oreja. Estaba preguntando a la video asistencia referil —el tan vilipendiado VAR— si Vargas estaba o no en fuera de juego. Todo Chile se quedó de pie, congelados, manteniendo la misma postura de celebración. Estábamos tan seguros de la habilitación que parecía natural esperar así. Luego de esa breve suspensión del tiempo, continuaríamos celebrando. Todo Chile gritó, pero de decepción. El primer gol había sido anulado. La Copa Confederaciones probablemente nos sería esquiva desde el inicio. Camerún, en cambio, respiraba aliviado.

¿Qué era esa video asistencia? ¿Qué era lo que se pretendía con ella? Las preguntas no solo llenaban la mente de los comentaristas, sino también de los hinchas. La enorme detención del tiempo que implicó revisar el video despertó resquemores. El fútbol, al menos eso creemos, es una pasión. Ella se vive precisamente por los errores. En el fútbol hay que odiar al rival mientras se está en la cancha, odiar al árbitro cuando se equivoca. Los errores del referí son, a la larga, la sazón de nuestra vida semanal.

La pasión, los errores y la FIFA

Como es obvio, la FIFA no se preocupa por eso. Su interés no es la pasión del deporte, ni las lágrimas de los hinchas. No es la discusión del viejo en el club social del barrio antiguo, ni las viejas discusiones del sapito con Pedro Carcuro en el Zoom Deportivo. Lo suyo es la eficiencia, la certeza, el control, el dominio. La revisión de jugadas por video no es nueva en los deportes. En el rugby lleva ya varios años, pero su rítmica no es la del fútbol. Por eso Claudio Palma lo dijo: «con esto matarán el fútbol… esto va a matar la esencia». Lo que estaba diciendo era que mataría el arte.

Probablemente Claudio Palma no cree saber nada de arte. De todos modos, comprende que el fútbol es algo así. También entiende que su relevancia no está solo en ganar. El resultado, a la larga, es irrelevante. Es la conversación de la semana, lo que despierta el error y la polémica, lo importante. El arte es eminentemente social y político porque despierta el debate. El fútbol, los deportes en general, cumplen con esa característica también. La imperfección y las imprecisiones los hacen más humanos, más apasionados y profundos.

Menos control para el fútbol, más para la sociedad

Llama la atención que nos quejemos tanto por el VAR. Creemos que matará el arte del fútbol, que le quitará vida, que le arrebata sabor y ritmo al fútbol. Creemos que la pasión se pierde ahí, que quizás se gana en justicia y eficiencia, pero que se pierde en diversión. Aun así —y guardando las proporciones— pedimos cámaras para vigilarnos, votamos por alcaldes que traen drones a sobrevolarnos, anhelamos poder estudiar carreras socialmente aceptadas, nos rendimos frente al eficientismo economicista y pedimos más control sobre los ciudadanos. Queremos más policías y más deportaciones para los inmigrantes, más colas para las escuelas, más ministerios, fiscalías y superintendencias. Pedimos constantemente una reducción de nuestras vidas a una simple operación.

Incluso en los deportes podemos encontrar analogías. Lo que consideramos como parte del arte, de la vida y de lo bello en el fútbol, puede ser parte de lo hermoso de vivir en sociedad. La aplicación del VAR en los partidos de fútbol es como concentrar la discusión sobre los inmigrantes en cómo expulsarlos o prohibirles el paso. Muy distinto es verlo desde la perspectiva de la integración y de cómo convertir a Chile en un país abierto y pluralista. Lo mismo ocurre con la democracia. Si la transformamos en el mero acto de concurrir a votar a las urnas, entonces vamos por mal camino. Como en el fútbol, la expresividad y la buena gambeta son parte de una democracia sana. Puede ser más eficiente, más controlado y más previsible, pero no por eso es más bello, más democrático y mejor. No somos máquinas, diría Claudio Palma, pues eso también vale para la política.

El llamado es, entonces, a ser consecuentes. Si no nos gustan las cámaras en los estadios, mucho menos deberían gustarnos en nuestra propia vida social.

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