Me pagan por rebelde, por cuestionarlo todo
Me pongo la chaqueta de cuero y digo las cosas a mi modo.
Me pagan por rebelde, voy contra la corriente,
Destrozo la guitarra al final del concierto y ofendo a la gente

Jorge González, Me pagan por rebelde

Vivimos en una época de normativismo competitivo. Nos vemos obligados a pisotear al otro para desarrollarnos y alcanzar ese tan anhelado espacio de reconocimiento otorgado por nuestros pares, ya sea por cumplir las expectativas que nos impone la normalización o bien, por ser un tipo choro que puede salirse con la suya cagándose en la madre del mundo y salir ileso del intento. Si son ambas mejor. Es que estos tiempos encandilan, las luces de neón y la publicidad colorida tienen —como canto de nereida— un subtexto muy peligroso: convertir la rebeldía en «rebeldía».

Cualquier pajarraco de mal agüero puede volverse «rebelde», imitando lo que no entiende o usando el humor negro para decir las basuras que no puede reproducir hablando en serio. Así, se desvirtúa la rebeldía hasta convertirse en fetichización de la estética. Todo para tener un poco de la hombría de que se carece y así, satisfacer la carencia de creatividad que causa la vida errante en redes sociales. Basta que algún gringo loco diga alguna pachotada contra los «mariquitas» o los «moros» para que nuestro «rebelde» manifieste su síndrome de macaco enjaulado, de burgués exótico y estrafalario. Sin perjuicio de ello, el macaco puede aprender a fumar, mas no a distinguir un buen tabaco.

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Que les moleste nuestra existencia y publicaciones es la mejor noticia de la que nos podemos enterar y es sano que la providencia determine que sea así. Quizás el arquetipo indescifrable y fallidamente caricaturizable les moleste, cual piduye en el culo. Puede ser envidia o incomodidad por el hecho de no proveerles certezas. Quizás sea la simple molestia ante quien reniega de los rituales caneros de unirse a la pandilla mocosamente incorrecta. En fin, ¿a quién le podría interesar releer un libro, si se pueden gastar cinco minutos de existencia diciéndole mamerto a algún parroquiano?

Cuando dije que los sicofantes de la rebeldía tenían tendencia a la exótica burguesía, no me refería a las adquisiciones de bienes y servicios o al acaparamiento de las justas posesiones indispensables para la cotidianidad (a vuestro criterio). Más bien apunta a la mala costumbre de repeler la genuina rebeldía mediante la tergiversación y, por ende, a la desvirtuación de la diferencia y la novedad.

La capacidad para aprehender y dudar tanto del resto como de uno mismo, radica en el mérito de romper ciertas barreras monolíticas, infranqueables incluso en nuestros círculos más próximos. El acto de la autoeducación es el más noble y sublime que puede realizar un ser humano. Cada libro, artículo, conversación y alguna curiosidad satisfecha de motu proprio, es una cincelada en la sólida roca de la ignorancia que uno mismo está esculpiendo. Por mientras, como dice Felipe Avello, «lean, estudien, sufran y recién ahí, atrévanse a hacer un chiste».

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