Universidad y exitismo

En más de una ocasión, nuestro medio ha pretendido tener una posición crítica del exitismo. En nuestra última justificación editorial —con la que celebramos nuestro medio año—, hablamos de esa profunda vocación de marginalidad que nos anima. «No queremos ser lo mejor, lo más visto o lo académico», fue lo que dijimos. Frente a ese exitismo profesionalizante, tan común en el mundo de hoy, nosotros rescatamos la mediocridad, el ocio y el fracaso, pero más que nada la ironía y la diversión como forma de vida.

En todas partes vemos críticas al egoísmo y al exitismo, esgrimidas por aquellos que apelan a un cambio general desde sus programas de posgrado en las universidades de moda. Al mismo tiempo, vemos a quienes rechazan la flojera y el humor como muestras del izquierdismo más acendrado. Eso, al menos, mientras estudian carreras que solo complacen a sus padres, parejas, a la sociedad o al dinero. No arriesgan nada. En ambos casos, la individualidad queda mediatizada por el camino fácil. Se ha llegado así a la tecnificación del estudio y no solo de la enseñanza. La adquisición de conocimientos se ha vuelto un mero trámite. Se añora demasiado el «camino correcto», el aceptado por los demás, al mismo tiempo que se le critica. Como ya hemos dicho antes, seguir una senda que sea fiel a la propia individualidad es tortuoso y difícil.

Humanismo y rebeldía

La universidad de hoy, la de las constantes reformas y cambios, nos recuerda a la de la escolástica. Después de años de perfeccionamiento, comienza a caer en el anquilosamiento y el gatopardismo. Se ha dogmatizado y burocratizado en extremo. Tanto es así que, aunque critica la «neoliberalización» de los sistemas educacionales, ha instalado la más absoluta tecnificación. La discusión ha muerto en ella, pues nada debe estar fuera del alcance de la planificación. Su estado, si bien no está cerca de hacer crisis, comienza a ahogar aquello que dice hacer florecer. Espacio ideal para el exitista, pero nocivo para el curioso. ¿Qué opciones quedan frente a esto?

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La salida, como siempre, es la marginalidad. Como el humanismo hizo durante la edad media, no nos queda más que la creación de espacios de desarrollo alternativos. Aunque hoy los humanistas han sido naturalizados en la historia, debemos recordar que fueron ante todo rebeldes. A las universidades, ellos plantearon la existencia de las academias. Estas se reunían en sus casas, alrededor de sus colecciones, de sus bibliotecas. Discutían, cambiaban la forma de entender la educación y la producción de conocimiento. Desde fuera de lo académicamente aceptado, se hicieron un nombre y se convirtieron en la escuela del mundo.

Nuestro presente plantea una coyuntura parecida y, por lo mismo, buscamos representar a esos marginados. Todos aquellos que se han visto coartados por la maquinaria educacional tienen la opción de participar de algo nuevo. Crearlo es, entonces, nuestro desafío. Esa es la rebeldía que se instalará en el futuro, la del viejo pasado del humanismo y la del promisorio futuro de internet. Esa revolución será la más grande de la historia y esperamos que sea una revolución libertaria. Ese es nuestro norte.

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