Volviendo un poco a La la land

Hace una semana dije que La la land era una película comercial. Quizás el término no es el adecuado, pero no encuentro otro mejor. Con él me refiero a que trata de comunicar un mensaje de un mundo que nos es ajeno, pero en un lenguaje amigable. En otras palabras, trata de sensibilizarnos sobre el jazz a partir del uso del género del musical. Si funciona o no, ni siquiera me interesa. Es cosa de cada uno evaluar eso para sí mismo.

Hay, de todos modos, un momento interesante. Sebastian intenta explicarle a Mia lo que es el jazz. En ese momento, él refleja al fanático y ella a nosotros. Es, podríamos decir, Damien Chazelle tratando de explicarnos su mensaje. Tal y como dice: «Creo que cuando la gente dice que odia el jazz es porque no tienen contexto, no saben de dónde viene». Ella le contesta con algo que la mayoría de nosotros ha dicho, pensado o escuchado:

—¿Y qué hay de Kenny G?

—¿Qué?

—¿Y Kenny G y la música de ascensor? Ya sabes, la música jazz que yo conozco desde siempre.

—¿Qué hay con eso?

—Me parece relajante…

La mayoría de nosotros asociamos el jazz a una música relajante. Es más, la mención a Kenny G es precisa. En más de una ocasión me vi en medio de un carrete, medio borracho, ya cansado a las seis de la mañana conversando de música. De la nada, una persona toma la palabra y dice la frase: «Cuando era chico mi mamá me ponía jazz para que durmiera. Recuerdo que me ponía Kenny G». El silencio de nosotros era sepulcral.

El mismo Sebastian se toma la molestia de explicarle eso a Mia:

—No es relajante. No lo es. Sidney Bechet le disparó a alguien porque le dijo que tocó mal una nota. Eso no es relajante.

—Donde crecí había una estación de radio que se llamaba KJAZZ.103 y la gente ponía esa estación para las fiestas y todos hablaban sin ponerle atención.

—Lo sé… ese es el problema. Es parte del problema, porque no solo tienes que oírla, también tienes que verla. Ver lo que está en juego.

Esa explicación para profanos, tiene una versión más experiencial en la segunda película de Chazelle: Whiplash. Todo lo que en La la land es discursivo («lo que está en juego»), en esta otra película es totalmente cinético, destructivo, apasionado y frenético. En el primer caso estamos afuera, observando. En el caso que analizaremos hoy somos atropellados por el hecho mismo.

La tormenta perfecta

Whiplash tiene una historia sencilla. Aun así, es pura energía. Como una tormenta impredecible, tiene momentos de extrema calma que son fracturados por tremendos choques de fuerzas naturales. Andrew Neiman (Miles Teller), un pánfilo estudiante, entra al conservatorio para estudiar percusión. Su único objetivo es ser como los grandes. Su camino —al menos para él— estaba pavimentado a la gloria y no dudaría en hacer lo necesario para conseguirlo.

Como un niño inocente, Andrew es encontrado por el profesor Terence Fletcher (J. K. Simmons). De algún modo, lo ayuda al ver su esfuerzo. Todo parece ser una historia típica: el genio que es descubierto por un profesor genial. Nada de eso, lo que se ve aquí es el atropello de un recién nacido por ese camión gigante que puede ser la realidad. Cuando ves la primera clase con Fletcher, estás esperando la sucesión lógica del tópico. He ahí el primer golpe: la escena es chocante por su violencia. Todo ahí es salvaje y frenético. Solo se detiene cuando Fletcher desaparece de escena y ahí solo da paso a lo que le queda a Andrew: el estrés de cumplir. No importa cuánto piense él que está cerca de satisfacer al profesor, éste lo atropella para hacer pedazos sus ilusiones.

Andrew tratando de aprenderse la clase de ayer

El jazz se alimenta con sangre

Ni siquiera cuando la película está quieta (lo que solo parecen ser los intervalos entre clase y clase) el jazz parece «relajante». Ahí está todo en juego. Cada ensayo es de puta madre. Cada error que cometes cuesta caro. Si te quedas dormido o se te olvida una carpeta con partituras, tu vida corre peligro. Eso, al menos, es lo que Whiplash transmite. Si el jazz es una pasión, entonces nada está por sobre él. El personaje de Neimann parece reflejarlo bien. Su mirada está perdida, nada parece importarle. No tiene amigos, no quiere a nadie.

También te podría interesar...  «Avatar: la Leyenda de Aang» (la guerra en el mundo real) Parte I

Whiplash cita

Lo que pasa es que el jazz es un dios que pide sangre para ser alimentado. Por lo mismo, como toda pasión, puede llegar a consumir hasta la cordura. En el camino a la grandeza, se puede perder hasta la vida y esa es una consecuencia para la que hay que estar preparado. Dos cosas muestran eso en la película.

La primera es la escena de la mesa familiar. Neimann cena junto a unos familiares y conversan sobre la vida. Aunque nosotros creamos que ser músico de jazz es algo lleno de estatus, la pedestre familia de Andrew lo ve como un capricho. Él no está normalizado según los estándares de lo que la típica familia americana espera. Para él no hay cumplidos por su talento y él, como el niño que es, se esfuerza por hacer sentir orgullo a los demás. Les cuenta que está en la banda oficial de la escuela y que es el músico más joven de ella. La conversación se centra en lo que es el éxito. Su padre cree que el éxito es tener una familia y amigos. Andrew cree que todo eso es sacrificable por la gloria de ser uno de los grandes. El joven baterista se construye como un mediocre, aunque aún pone a la grandeza antes que al placer.

La segunda es el momento del quiebre amoroso. Como en La la land, el amor no cabe en la carrera por obtener el sueño. Después de una clase infernal con Fletcher, Neimann descubre que debe practicar más y más. Ahí entiende que Nicole, la niña con la que había comenzado a salir, sería un estorbo en su vida. Él lo ve de forma realista. Una relación requiere dedicación y tiempo. Él, en cambio, no lo tiene. Cuando se juntan por última vez el diálogo es de una crueldad notable. Andrew Neimann es con Nicole casi tan destructivo como Fletcher con él. Le recuerda que ella le reprochará no tener tiempo para ella y que lo mejor era terminar. Todo eso cerrado con un «quiero ser uno de los grandes». El jazz pide sacrificios y en su altar solo puede ir lo más valioso: el amor, la familia, los amigos. Así es como la soledad se transforma en la única compañía de los incomprendidos.

De más está decir que la película no es muy simbólica en este sentido. La sangre corre por las manos, las baquetas y el kit de batería. Hay sangre por todos lados, todo el tiempo. La violencia se vuelve física y el esfuerzo, dolor.

También te podría interesar...  «Avatar: la Leyenda de Aang» (la guerra en el mundo real) Parte I

 

Una clase cualquiera en el conservatorio

Salvar al jazz de la muerte

Ya habíamos dicho antes que, para Damien Chazelle, el tema de la muerte del jazz es primordial. También dijimos que esta preocupación del autor es contextual. Es decir, está flotando en el ambiente y les da sentido a los actos de los personajes, pero nunca determina la historia. En el caso de La la land esto se menciona en dos ocasiones. En el caso de Whiplash una sola. En cualquiera de los dos casos, si aquello no se mencionara, la trama no cambiaría mucho.

En Whiplash el problema se aborda a partir de la historia que replica la película: cómo Charlie Parker llegó a ser «Bird». La historia de Parker —que, técnicamente, es como el Bach del jazz— la cuenta fletcher y la repite Neimann y aparece también en la discusión familiar del joven baterista. La alusión, en ese caso, es sobre fracasar. Parker murió a los 34 años a causa de su adicción a las drogas y a una vida de mierda. Para Neimann eso no es importante, Charlie Parker sacrificó todo en su vida para ser «Bird».

Cuando los años ya habían pasado, Andrew se encuentra con Fletcher y conversan. La ingenuidad de Neimann se grafica en el hecho de que durante esa conversación él toma una coca-cola. Fletcher, obvio, un güisqui. El tema era la violencia con que Fletcher enseñaba. En ese momento se presenta el diálogo más increíble de la película. Por lejos el más genial.

Eso de no darse por vencido puede ser una tontería. El mismo Charlie Parker estuvo a punto de rendirse después de su experiencia. El punto, en todo caso, es lo que Fletcher dice: no se puede hacer jazz si no se llega hasta el último punto. La pasión es esencial porque saca el máximo y vacía al músico. Todo de uno queda en la música que se toca. Tal como Sebastian decía en La la land, en el jazz «hay cosas en juego» y no es solo relajación. Para ese entonces ya te diste cuenta de que Fletcher busca a su Charlie Parker.

Si bien no hay aquí una cita a Kenny G, Fletcher sí menciona al «jazz de starbucks». Algo muy parecido a esa música de la que hablaba Mia en La la land, esa que se usaba para las fiestas y que nadie escuchaba. Chazelle hace su balance —a mi gusto equivocado— de que la muerte del jazz está en la comercialización que implica el ser envasado. Esa música carente de pasión, solo puede ser destruida por un golpe magnífico, un ejercicio de violencia destructiva individual. El próximo Charlie Parker, sea quien sea, acabará con Kenny G.

A diferencia de La la land, el relato de Whiplash no es sobre el éxito popularmente entendido. Aquí no hay sueño americano, sino mayoritariamente el sufrimiento y la soledad de quien es apasionado, obsesivo e insistente respecto de algo que considera superior. Este elemento, como veremos la próxima semana, no está presente en la primera obra de Chazelle. Aun así, hay algunos pequeños elementos que, al verlos en retrospectiva, nos permitirían hablar de una serie o una trilogía del jazz. Esperemos a ver qué pasa.

¿Quieres comentar?